No sé bien por dónde empezar a escribir esta historia. No tengo claro donde empieza. A veces siento que desde que tengo memoria. Desde que comía la avena con dulce de leche que me hacía Maruca. O desde que cocinaba subida al banquito de madera de la cocina los scones de mi abuela Marta.
Soy hija de la década de los 90 y eso trae consigo un sinfín de detalles que fueron moldeando este vínculo. Fue la década de la explosión de los ultraprocesados, los productos verdes y las dietas. De las supermodelos esqueléticas y muertas de hambre.
Y todos, o casi todos, sabemos lo que eso puede hacer en una adolescencia. Fue la década del boom de Cormillot, Ravena, las mil dietas mágicas. De un día, una semana. De contar calorías como si fuera lo único importante en nuestra ingesta. De poner a la balanza en un pedestal y dejar que guiara nuestras elecciones. De convertir la magia de comer y el vínculo con la comida en una tabla matemática. De creer que comer una barrita de cereal era «más sano y light» que una manzana. Que las aceitunas eran veneno y la coca light la salvación.
Cómo nos rompieron.
Las hice todas. Y cuando estuve flaca, o lo que yo creía que era flaca, no lo pude sostener. Cargué con el karma de ser alta y grandota y de nunca poder cumplir con los estándares de belleza de la época.
Acompañado de todo esto, amaba comer y cocinar. Una contraposición compleja. Me fascinaba lo dulce y me lo prohibía en mi día a día. Pero me daba atracones cuando llegaban los famosos «permitidos».
NO SOY UNA VÍCTIMA
Lejos de victimizarme, aunque pueda sonar así, tengo la convicción de que todo lo que atravesé me lleva adonde estoy hoy. Un momento en donde me siento feliz y en paz con mi construcción y con el vínculo que armé con mi alimentación y con el disfrute. Y con mi cuerpo.
Por qué entonces voy para atrás y elijo contar esto? Porque me gusta la idea de visualizar que todo es un proceso. Pasos que vamos dando y que nos van llevando a un lugar. No es rápido. No es fácil. Y no es lineal. Hya desvíos. Cambios de rumbo. Lo que también hay conscientización y toma de decisiones.
Las cosas no suceden solas o porque sí. Ahí estamos nosotros para elegir si queremos accionar. Y yo fui eligiendo muchas veces.
LA DECISIÓN QUE LO CAMBIÓ TODO
A los 20 años estaba cursando el 2do año de Administración de Empresas. Me había recibido de Perito Mercantil, trabajaba en una administración de consorcios y todo parecía ir por ese camino. Me iba bien, siempre me habían gustado los números. Pero me aburría un montón. Padecía estar sentada en una oficina, lidiando con papeles y con tareas repetitivas y rutinarias.
En ese momento la idea de estudiar gastronomía empezó a dar vueltas en mi cabeza. Siempre me había gustado cocinar pero nunca lo había pensado como una opción de «profesión». Y digamoslo. estudiar cocina en ese momento no estaba «de moda» como ahora, ni los chefs eran casi rockstars. Había algo de disruptivo en esa decisión. Me daba miedo romper con todo y salir corriendo para otro lado y por eso consideré seguir con los 2 caminos paralelamente. La carrera seria para vivir, y la cocina como hobby.
SPOILER ALERT. No sucedió. Fui a conocer distintas escuelas de cocina (no había cientos como ahora, 3 o 4 y gracias) y no pude. Yo quería dedicarme a eso. Me entusiasmaba y me parecía divertido. Cambiante. Desafiante. Todas cosas que no me sucedían hacía mucho.
Dejé la facultad y me metí de lleno en la cocina. 2 años de carrera y muchísimos cursos por el costado porque en ese momento los planes de estudio eran nuevos y honestamente, bastante incompletos. A mí ya había otras áreas que me interesaban. La cocina naturista, la repostería, los panes...yo quería explorar TODOOOO. Y así lo fui haciendo durante varios años. Y así sigo…formarme, aprender nuevas cosas, seguir descubriendo el mundo de la cocina y los alimentos es un viaje constante.
Estudiar cocina puso en jaque todas las redes que me unían a la comida. Por un lado vivía a dieta y por
otro estaba aprendiendo a cocinar bien y rico. Probaba todo el tiempo. Descubría ingredientes. Esas 2 puntas opuestas tenían que acercarse de alguna manera para poder disfrutar de todo ese mundo nuevo e increíble en el que me estaba sumergiendo.
Y así fue. No de un día para el otro. No sin ir para atrás y para adelante muchas veces. Pero fue un punto de inflexión para mí. Me dí cuenta que así no iba más.
Me planteé seriamente algunos cambios. No podía restringirme todo el tiempo, o probar sólo una cucharadita porque tenía demasiadas calorías. Y sí, en ese camino hubo una nutricionista que me ayudó mucho. Querida Débora. Me hizo conocer otras formas y alternativas. Y de a poco fui dejando las dietas y empezando a entender que comer bien y cuidarme eran otra cosa. Y que tenía que dejar las barritas, los juguitos light y los permitidos. Así empezó a construirse otro camino…
TE CUENTO MI SECRETO DEFINITIVO
Pero lo que realmente siento que fue un punto de inflexión enorme fue empezar a DESINTOXICAR MI PALADAR. Yo ya venía haciendo mi propio laburo, sobre todo en cuanto a incorporar variedad de alimentos, muchas frutas y vegetales y cada vez menos azúcar. Pero en el verano de 2015 leí Malcomidos, el primer libro de Sole Barruti. Y eso fue como una carga de combustible para seguir por ahí. Me alejé cada vez más de los paquetes. Me obsesioné con leer etiquetas, sí. Pero cómo me sirvió entender y visualizar todo lo que nos estamos comiendo. Tomar consciencia, saber, tener la información, es un gran poder. Porque una vez que sabemos se hace más difícil ignorarlo.
Al mismo tiempo me estaba empezando a enamorar de los fermentos. Empecé por la masa madre y no pude parar. LIMITAR MUCHO LA CANTIDAD DE AZÚCAR (y edulcorantes), DEJAR LOS ULTRAPROCESADOS E INCORPORAR FERMENTOS fue todo lo que estaba bien para empezar a conectar realmente con mi cuerpo, lo que me hace bien o mal, hasta dónde. Y para darme cuenta que SABOREAR realmente los alimentos, sin tener las papilas gustativas colapsadas por los alimentos hiperpalatables que nos ofrece la industria, es clave.
Te dejan gustar cosas que antes creías que te gustaban. Sentís más y mejor. Te empiezan a molestar cantidades de azúcar que antes amabas. Empezás a apreciar la ACIDEZ y todo lo que eso aporta a nivel sabor y disfrute a los platos.
Para mí todo esto como cocinera y docente fue un antes y un después. Cambió mi forma de comer y de cocinar. Pero también de transmitir.
COMPARTIR LO QUE APRENDÍ, LO MEJOR DE TODO ESTO
En 2015 tuve la suerte de que me propusieran dar clases en un terciario de gastronomía en San Antonio de Areco, lugar donde vivimos por 15 años. Nunca había pensado que podía transmitir lo que sabía y no me imaginaba cómo me iba a salir. Pánico. Pero era un lindo desafío. Y ya les conté que me gustan. Asi que no tardé en dar el ok.
Me enamoré. No imaginaba que iba a poder y que me iba a gustar tanto. Pasaron diferentes grupos. Cambiaron
las materias y mis formas de encararlas. Trabajamos a pulmón con otros profes y con los mismos alumnos. Crecí y encontré otro lugar más donde la cocina para mí tenía todo el sentido del mundo.
Hasta el 2022 seguí ahí y lo que puedo asegurarles es que yo aprendí más que todos. Me fui llena de enseñanzas y de crecimiento. Esos años me conectaron con una parte mía que no sabía que existía. Esa de compartir mi cocina.
A decir verdad, ahora que lo pienso, ya desde chica jugaba a que tenía mi programa de televisión, y hablaba sin parar a través de la ventanita de la cocina de mis viejos que daba al living y simulaba la cámara. También hice una prueba en un estudio de Utilísima para un programa que no sé si alguna vez salió al aire. Hice unos cuadrados de dulce de leche, chocolate y maní. Nunca me llamaron, claro está. Pero se me ocurre ahora mientras escribo que tal vez no estaba tan lejos de mi destino…
En 2018 nos estábamos yendo de viaje y me animé a abrir una cuenta en Instagram para compartirlo. La comida iba a ser un eje principal de ese viaje y me divertía mostrarlo y contarlo. Así nació @yocomook.
Desde ese inicio hasta hoy fue cambiando conmigo. Si vas al perfil de IG y scrolleas hasta el principio, vas a poder ver cómo se fue transformando junto con mi forma de compartir y de elegir lo que comparto. Y también cómo fui cambiando yo. Me gusta poder ver algo de eso reflejado en la cuenta. Habla del aprendizaje, de la flexibilidad y de la evolución. De que es algo que nunca termina y que está siempre en movimiento.
Muchos de los cambios y de los caminos que voy transitando los pueden ver ahí o reflejados en mis recetas, talleres y recetarios.
NO LO HICE SOLA
Con Fran llevamos media vida juntos y casi todos estos cambios, idas y vueltas, fueron con él al lado. No me quito mérito para nada. El trabajo fue mío. No paro de buscar los lugares donde me siento a gusto y eso es un desafío constante.
Pero él siempre estuvo al lado, acompañando. Involucrándose muchas
veces. Siendo conejillo de Indias para probar lo que fuera muchas otras. Dejando también él de lado muchos productos y alimentos. Incorporando muchísimos otros que no formaban parte de su lista de comidas.
Acompañandome a emprender. Emprendiendo conmigo. Bancando mis aburrimientos y necesidades de cambio. Y esto recién empieza. Ahora otra etapa, buscando rumbos nuevos y conociendo tierras lejanas. Ahí vamos…
LO QUE QUIERO TRANSMITIRTE ES QUE COMER MEJOR SE PUEDE, QUE COCINAR ES EL GRAN SUPERPODER QUE TENÉS DE TU LADO Y QUE NO ES UN CAMINO LINEAL.
CONECTAR CON LA COMIDA, CON TU ALIMENTO Y CON LO QUE TE HACE BIEN, ES EL PRIMER PASO.
Y ESTE ES UNO DE LOS MENSAJES PRINCIPALES Y LA MISIÓN DE ESTO QUE ES YOCOMOOK




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